El enamoramiento

Una reflexión sobre el enamoramiento, el deseo, las heridas emocionales y la diferencia entre amar a alguien y buscar en esa persona la reparación de un trauma.

Hay una forma de mirar el enamoramiento que resulta incómoda, pero profundamente reveladora: muchas veces no nos atrae solamente lo que vemos en la otra persona, sino lo que esa persona despierta en nuestra historia emocional.

El enamoramiento no siempre nace de una elección consciente. A veces comienza mucho antes de que podamos explicarlo. Algo en la actitud del otro, en su manera de mirar, de hablar, de mostrarse distante, arrogante, desafiante o inaccesible, toca una zona antigua dentro de nosotros. Una zona que no necesariamente pertenece al presente, sino a heridas que venimos cargando desde antes.

Entonces aparece una ilusión poderosa:
“Si logro que esta persona me quiera, si logro que me elija, si consigo que me vea valioso, entonces algo dentro de mí va a sanar”.

Y ahí es donde muchas historias afectivas empiezan a confundirse. Creemos que estamos buscando amor, pero a veces estamos intentando reparar una herida. Creemos que deseamos a alguien por lo que es, cuando en realidad una parte de nosotros está intentando resolver, a través de esa persona, algo que quedó pendiente.

Puede pasar en cualquier lugar. Entramos a un nuevo trabajo, a una universidad, a un grupo social. Al principio, alguien ni siquiera nos llama la atención. Es una persona más. No nos impacta físicamente, no nos conmueve, no ocupa un lugar especial.

Pero pasan los días.

Empezamos a observar cómo se mueve, cómo habla, cómo trata a los demás, cómo se muestra ante el mundo. Tal vez es alguien distante. Tal vez parece seguro en exceso. Tal vez tiene un aire de superioridad, una forma fría de vincularse o una actitud que nos resulta familiar sin saber por qué.

Y de pronto, algo cambia.

Esa persona que al principio no significaba nada empieza a ocupar espacio en nuestra mente. Pensamos en ella. La imaginamos. Buscamos su mirada. Necesitamos alguna señal. Lo que antes era indiferencia se convierte en deseo.

Desde una mirada psicológica, podríamos decir que nuestro sistema emocional detectó algo conocido. No necesariamente algo sano, sino algo familiar. Y lo familiar, aunque duela, muchas veces nos atrae.

En el plano biológico también se activa una danza intensa. El deseo puede asociarse con la testosterona. La expectativa y la búsqueda de respuesta, con la dopamina. Y cuando aparece el contacto, la cercanía, el abrazo, el beso o la intimidad, entra en juego la oxitocina, esa hormona vinculada al apego y la conexión.

Pero sería un error decir que el enamoramiento es solamente química. La química existe, claro. El cuerpo participa. El cerebro responde. Las hormonas intensifican la experiencia. Pero detrás de esa tormenta biológica también hay memoria emocional, necesidad de validación, heridas no resueltas y deseos profundos de ser vistos.

Por eso el enamoramiento puede sentirse tan absoluto.

No se trata únicamente de “me gusta esta persona”. A veces, en silencio, lo que sentimos es:
“Necesito que esta persona me elija para sentir que valgo”.

Y ahí está el punto delicado.

Porque cuando el deseo se mezcla con una herida, la otra persona deja de ser simplemente alguien a quien amar y se convierte en una especie de promesa de salvación. Le entregamos un poder enorme: el poder de confirmarnos, de completarnos, de reparar nuestra historia.

Durante los primeros meses, esta intensidad puede parecer amor verdadero. Todo se magnifica. Una mirada alcanza para elevarnos. Una demora en responder puede hundirnos. Un gesto mínimo se vuelve señal. Una ausencia se vive como abandono.

Muchas relaciones comienzan así: con una mezcla de deseo, ansiedad, expectativa, ilusión y una profunda necesidad de ser elegidos.

Pero tarde o temprano, la curva baja. La intensidad química se estabiliza. La dopamina ya no explota con la misma fuerza. El deseo cambia de forma. La oxitocina deja de ser novedad. Y entonces aparece una pregunta más honesta:

¿Estoy amando a esta persona o estoy intentando que cure algo que no le corresponde curar?

Esa pregunta puede doler, pero también puede liberar.

Porque amar no debería ser una carrera desesperada por conseguir validación. Amar no debería sentirse como una prueba constante de valor personal. Amar no debería obligarnos a perseguir a alguien para convencernos de que somos suficientes.

El verdadero vínculo empieza cuando dejamos de usar al otro como anestesia de nuestras heridas y comenzamos a verlo como alguien real. No como una respuesta a nuestro trauma. No como una recompensa. No como una reparación. Sino como una persona completa, con su propia historia, sus límites, sus luces y sus sombras.

Quizás madurar afectivamente sea eso: aprender a distinguir entre la intensidad que nace de una herida y el amor que nace de la presencia.

Porque no todo lo que nos enciende nos hace bien.
No todo lo que nos atrae nos sana.
Y no toda persona que despierta nuestro deseo está destinada a ser nuestro hogar.

A veces, el enamoramiento nos muestra menos sobre el otro y mucho más sobre nosotros mismos.

Nos revela dónde todavía buscamos aprobación.
Dónde seguimos intentando ser elegidos.
Dónde confundimos familiaridad con amor.
Dónde una vieja herida todavía espera ser mirada.

Y tal vez ahí esté su verdadero valor: no siempre viene a quedarse, pero muchas veces viene a mostrarnos qué parte de nosotros necesita sanar.

© Mayo 2026, Alberto J. Yualé