Un viaje hacia el lugar donde nacen las canciones
Profundo es mi tercer CD y nace de un lugar al que no siempre resulta sencillo entrar: lo más profundo de mi corazón.
Aquí conviven mis momentos felices y mis heridas, el deseo y la ausencia, las personas que permanecieron, los amores que no pudieron ser, el camino recorrido y las preguntas que todavía me acompañan. Cada canción es una parte de ese viaje, pero también una forma de mirar hacia atrás y comprender de otro modo aquello que viví.
El disco comienza en el territorio del deseo, de la pasión y del encuentro entre dos cuerpos. Pero también habla de una intimidad más serena: perderse juntos en una ciudad desconocida, bailar en una cocina, conversar hasta que amanezca o descubrir que la felicidad muchas veces se esconde en acontecimientos pequeños que decidimos cuidar. En Profundo, el amor no aparece solamente como una emoción extraordinaria, sino también como la decisión cotidiana de compartir la vida.
Sin embargo, amar también significa encontrarse con las heridas del otro y con las propias. Algunas canciones hablan de aquello que no supe ver a tiempo, de los silencios que terminaron construyendo distancias y de la necesidad de una confianza sin puertas escondidas. Otras hablan de acompañar sin invadir, de esperar sin intentar salvar al otro y de comprender que amar no siempre significa correr hacia alguien: algunas veces significa quedarse cerca sin dejar de cuidarse uno mismo.
También están presentes los amigos, las mesas compartidas, las copas levantadas por quienes siguen aquí y por quienes ya no están. Está el paso del tiempo y la certeza de que todavía podemos llamar, abrazar, agradecer o pedir perdón. Porque muchas veces comprendemos el verdadero valor de las personas cuando la vida ya nos ha enseñado —a veces dolorosamente— que ningún momento puede repetirse.
Uno de los caminos centrales del álbum es el regreso hacia uno mismo. El viaje exterior se transforma poco a poco en un recorrido interior: dejar cargas, escuchar la propia voz y comprender que el camino a casa no conduce a un lugar, sino a aquello que somos cuando dejamos de escondernos.
En ese recorrido aparecen tres runas: Ingwaz, como la semilla de lo que no llegó a nacer; Mannaz, como el espejo en el que debo volver a reconocerme; y Sowilo, como la luz que regresa cuando dejo de buscar afuera aquello que faltaba dentro de mí. Sowilo vuelve a unir este disco con los anteriores, no solamente como una marca visual, sino como un símbolo de luz, energía interior y dirección.
En lo más hondo del álbum también se encuentra el niño que quedó con preguntas sin respuesta. El que creció intentando demostrar que podía, construyendo una vida, una familia, un oficio y un lugar en el mundo, mientras seguía preguntando hacia arriba si sus padres estarían orgullosos. Allí aparece una de las revelaciones más importantes de Profundo: ya no hay nada que probar. El amor que buscamos en quienes ya no están continúa hablando a través de las personas que nos cuidan.
Por eso, aunque Profundo se sumerge en la herida, no es un disco oscuro. Es un disco sobre el reconocimiento y la aceptación. Sobre el amor encontrado, el amor perdido, la amistad que permanece, la soledad elegida y la posibilidad de volver a empezar desde un lugar más verdadero.
Cada canción es un fragmento de mi historia.
Y todas juntas cuentan el viaje que tuve que hacer para comprender que, incluso en lo más profundo, todavía puede encontrarse la luz.
El disco comienza con Todo y más, una canción que nació de noche. Durante varios días me desperté con palabras y melodías en la cabeza, prendí la luz, escribí lo que alcanzaba a recordar y volví a dormir. Algunas noches no lo hice y, al amanecer, todo había desaparecido. De ese territorio entre el sueño y la memoria surgió una canción de fuego, cantada desde el deseo de una mujer. Ella ocupa el centro de la escena: desea, elige, pide y vive la pasión sin esconderse.
Después aparece Las cosas que nos pasan. Al principio iba a ser una lista de deseos, una de esas listas de lugares, experiencias y sueños pendientes. Sin embargo, mientras la canción tomaba forma, comprendí que la vida no era una lista de cosas por completar. Era perderse juntos en una ciudad, conversar hasta el amanecer, bailar mal en una cocina, quemar la cena, inventar pequeñas costumbres y elegir a alguien otra vez cada mañana. La lista dejó de hablar de objetivos y comenzó a hablar de una manera de vivir.
Te conozco también nació entre sueños. Dejé un cuaderno junto a la cama para escribir cada vez que despertaba. Cuando la canción quedó terminada, aquellos sueños cambiaron. La letra habla de una paradoja dolorosa: podemos conocer el olor, los silencios, los miedos y los gestos de una persona, y aun así no haber comprendido su herida. A veces llegamos tarde a aquello que más necesitábamos ver.
En El largo camino a casa aparece una experiencia concreta que me transformó: mi primer Camino de Santiago, 220 kilómetros caminados en once días por Galicia. En el camino encontré amigos, dejé cargas, descubrí silencios y aprendí a mirar hacia adentro. La canción habla de continuar, de hacer las paces con uno mismo y de comprender que la casa que buscábamos afuera siempre estuvo dentro de nosotros.
Confianza nació de una reflexión que había publicado años antes en mi blog: nunca hagas dudar a tu pareja del lugar que ocupa en tu vida. El respeto no vive solamente en las palabras; se demuestra en la forma de actuar y de cuidar el corazón del otro. Cuando una persona siente que debe competir por nuestra atención, los cimientos de la relación comienzan a debilitarse. Convertir aquella reflexión en canción también me obligó a escucharla de nuevo y aprender de ella.
A mis amigos viene de 2020, un año difícil, atravesado por la pandemia y la incertidumbre. Había escrito un saludo para quienes estuvieron cerca y, con el tiempo, ese texto se transformó en canción. También recuerda a las personas que aparecieron en aquel período y cambiaron definitivamente el rumbo de mi vida. Es una copa levantada por quienes siguen aquí y por quienes ya no están; una manera de reconocer que, incluso en los años más duros, el equilibrio puede dejarnos regalos que al principio no sabemos ver.
Almas perdidas habla de quienes no perdieron cosas materiales, sino amores, pasiones y una parte de sí mismos. Personas que quedan detenidas, mirando fantasmas que ya no están, hasta encontrar la fuerza para volver. La canción también pregunta qué hacemos cuando amamos a alguien así: si debemos soltar, esperar o intentar una y mil veces más. No ofrece una respuesta fácil. Habla de acompañar sin querer salvar, de perdonar, aceptar y tener paciencia, pero también de no dejar que nuestra propia luz se apague.
Todavía es tiempo recoge reflexiones que resonaron en mí a partir de un poema de Veronica Shoffstall: aprender tarde, amar mejor, pedir perdón antes de que sea demasiado tarde y no permitir que la vida se nos pase mientras creemos que todavía sobra tiempo. La canción recuerda que los abrazos guardados, las llamadas postergadas y las palabras que no dijimos pueden convertirse en aquello que más pesa.
En Tres runas relato una tirada de Odín realizada con una pregunta: “¿Cómo va el amor en mi vida?”. Para el pasado apareció Ingwaz invertida; para el presente, Mannaz invertida; para el futuro, Sowilo derecha. La lectura se convirtió en canción: lo que no pudo nacer, el espejo que obliga a mirarse y la luz que llega cuando uno deja de buscar afuera aquello que todavía necesita encontrar dentro de sí. Sowilo es, además, el símbolo que une este álbum con los anteriores y con los que vendrán. No es una decoración ni una marca colocada al final del diseño. Es una firma narrativa: la luz, la energía interior y la dirección que reaparecen a medida que la obra avanza.
El disco termina con Es suficiente, la canción más cercana a una herida que me acompañó durante toda la vida. Quisiéramos que las heridas desaparecieran, pero muchas veces no sanan de la forma que imaginamos; aprendemos a vivir con ellas, a integrarlas y a dejar de obedecerlas. Durante años, detrás de cada logro, permaneció una pregunta dirigida hacia arriba: “Pa, Ma, ¿están orgullosos de mí? ¿Cuánto más tengo que dar?”. La respuesta no llegó desde el cielo, sino desde la gente que me cuidó, desde mis hijos, mis amigos, mi barrio y esas manos que aparecieron cuando las necesité.
Por eso Profundo no es un disco oscuro, aunque descienda hacia lugares dolorosos. Es un disco de reconocimiento. Habla del cuerpo y del alma, del amor y sus límites, de la amistad, del tiempo, de los padres ausentes y de la posibilidad de volver a uno mismo.
Comienza con un incendio y termina con una frase serena:
Es suficiente. Ya no hay nada que probar.
Tal vez ese sea el verdadero viaje de Profundo: bajar hasta la herida, mirarla sin escapar y descubrir que, incluso allí, todavía existe una luz.
Disponible a partir del 20 de septiembre en la principales plataformas.
© Agosto 2026, Alberto J. Yualé

