Vidrios

Mi quinto CD

No elegí el tema. Empecé el quinto disco sin ninguna idea de conjunto, como siempre, una canción por vez y sin saber a dónde iba.

Fue en la sexta que me di cuenta. Había una mesa con un vidrio en Corrientes, había un reflejo, había una vidriera con una piedra adentro. Volví a leer las anteriores y estaba en todas. No lo había puesto: ya estaba.

Después de eso no lo forcé, pero tampoco lo esquivé. Aparecieron una tapa de acrílico sobre un tocadiscos, un vaso tallado que alguien mueve un centímetro, un espejo empañado, una persiana levantada. Once canciones. La palabra aparece en cinco, y en ninguna es el tema: siempre es una cosa que está ahí.

Hay una que es de 1979 y hay otra que es de ahora. Hay dos personas que existen y que dieron su permiso. Hay una que no habla de mí sino de nosotros.

De lo que trata cada una lo voy contando abajo.

Las manos son las mismas

Facetas

Soy padre, trabajo en sistemas, fui concejal de mi ciudad y escribo canciones. Cuando estoy en una de esas cosas, estoy en esa y no en las otras. No son máscaras. Es la misma persona haciendo cosas distintas.

La palabra faceta viene del tallado del cristal. Una piedra tallada no tiene una cara verdadera y otras falsas: tiene caras, y devuelve la luz según dónde esté parado el que mira.

La canción son cuatro escenas y nada más. Dos recién nacidos, un panfleto en un poste, una servilleta en un bar, un teclado a las tres de la mañana. No hay nada que las una y están puestas en desorden a propósito: no van de menos a más ni de antes a después.

La palabra faceta no aparece en la letra. Estuvo, y la saqué.

Una mesa en Corrientes

Y yo acá

Estaba sentado en un bar de la calle Corrientes, mirando por el ventanal. Uno vendiendo en la esquina, otro mirando una vidriera, los que volvían con las compras, el frío que obliga al abrigo.

En un momento vi que en el vidrio, encima de toda esa gente, estaba mi cara. Todos iban a alguna parte y yo era lo único quieto de la escena.

La canción salió casi entera de ahí. Lo único que agregué después fue la última línea, y cambió todo lo anterior: hasta ese momento estar quieto parecía algo que me pasaba.

El café se enfría al final y la gente sigue pasando. No hay ninguna conclusión.

Dos sílabas

Así de simple

Ocho y diez de la mañana, la misma esquina, la misma luz para cruzar. Ella pasaba todos los días y yo me quedaba con el hola sin usar.

La cabeza arma historias. Arma un muro con ladrillos que no están, y uno se convence de esperar el momento adecuado, que no llega nunca.

Un martes me salió sin preparar. Dos palabras.

Es la única del disco que se baila y la única donde alguien cruza. En el último estribillo hay una preposición cambiada respecto de los anteriores. Es todo lo que pasó.

Dos personas que existen

La balada del Negro y Haydée

Esta es la única del disco que no es sobre mí. Son dos personas reales, la escuché de ellos, y los dos la leyeron antes de que existiera.

En séptimo grado él le cambiaba el apellido para molestarla y le decía manzana. Se perdieron de vista cincuenta años. Se encontraron de grandes, con la vida hecha cada uno por su lado.

Él la invitó un sábado a la casa. Puso luces de colores, una galaxia en el techo, humo con olor a rosas. Ella entró, no dijo nada y se quedó mirando el techo. Bailaron toda la noche.

Sigue contando el chiste de la manzana, y se ríe él más que nadie. Ella lo mira reírse.

Yo la escribí mirando las fotos de ellos a la una de la mañana, y eso está en el final.

Lo que pasa en la fragua

No brilla

Empieza en una vidriera con oro, diamante y cristal adentro, y yo en la vereda mirando lo que no iba a comprar.

El acero no se templa de una sola manera. Va al fuego, recibe el golpe, entra al agua y se vuelve durísimo. Pero así, entero y duro, se parte igual. Hay que volver a meterlo al fuego, más bajo, para que ceda un poco. Eso se llama revenido, y es lo que hace que aguante.

No inventé nada de eso. Es el proceso tal cual es.

Es la única del disco con distorsión, y el único lugar donde digo que elegí mal y que algunos se fueron por culpa mía. El outro no resuelve: dice que el miedo sigue estando y que ya no decide él.

Mil novecientos setenta y nueve

La Tapa

Tenía catorce años y pasaba música en cumpleaños y bailes de club. Vendí la bicicleta para comprar los primeros discos.

Los tocadiscos de entonces tenían una tapa de acrílico que se bajaba mientras sonaba, para que la púa no saltara con los golpes. Todo el salón temblaba y esa era la única cosa quieta del lugar.

Cuando empecé a escribirla pensaba que iba a ser una canción triste: el que hace bailar a todos y no baila. Pero no fue así. Adentro de la fiesta estaba contento. La parte sola llegaba después, cuando prendían las luces y había que guardar cada disco en su lugar para encontrarlo el sábado siguiente.

Terminada, me di cuenta de que dice más de lo que yo quería decir. Hay cosas de esa época que no están en la letra y no las voy a poner.

Antes de conocerte

Dos voces de un mismo ser

Hay encuentros que no se explican con los datos. Uno conoce a alguien y tiene la sensación de haberlo conocido antes, en algún lugar donde no estuvo nunca.

No sé qué es eso ni pretendo saberlo. La canción no lo discute: lo da por cierto y sigue.

Está el norte, está una barca que el mar se llevó, están los que miden los años y opinan. Y está el verso que más me costó escribir, que es el que dice que cuando alguien me necesitó yo estaba ocupado con mi sangre. Eso no fue una elección, y no hay manera de contarlo sin que duela.

Termina diciendo que nada es fácil y nada es prestado. Es lo más parecido a una respuesta que tengo.

Bajar un cambio

Señales

Hay días en los que uno dice más de lo que siente y cierra puertas sin razón. Este disco no juzga a nadie, y esta canción tampoco: es a mí a quien le habla.

No todo dolor te hace bien y no todo lo que arde es crecer. Hay incendios que se apagan solos si dejás de darles aire, y peleas que se ganan el día que las dejás pasar.

Hay una puerta que, de un lado, solo se abre al tirar. Uno empuja y empuja y la salida estaba en hacer lo contrario.

El día que la escribí no fue un buen día. Pero el día pasó, y aunque no encontré ninguna respuesta, volví a escucharme.

Nosotros

Somos mucho más

Es la única del disco que no dice «yo».

Un maestro que camina la montaña con la tiza y abre la escuela aunque no venga nadie a ver. Un plato que se suma a la mesa sin preguntar de dónde viene el que llegó. Una ciencia, una vacuna, un tango donde no había ninguno. El extraño que se hizo compañero y el que vino de lejos y se hizo hermano.

La escribí cuando les tocó llevar la marca de un juicio escrito sin mirar. Pero no es una canción sobre eso. Un domingo no nos resume, ni una copa, ni una derrota.

En la casa hay un cuarto con las islas frente al mar. No se olvida lo que duele todavía.

El final dice algo que no diría en ninguna otra canción del disco: que si nunca lo viviste, está bien.

Lo que completé yo

El reflejo que inventé

Me enamoré del amor. Le puse voz a los silencios de otra persona y luz a su manera de mirar, y mientras dibujaba eso dejé de verla.

No mintió nadie. Hablábamos distinto: ella era una persona y yo estaba escribiendo un mito.

Es un dúo, y no por adorno. Hacía falta que la otra voz contestara, porque una historia inventada de a uno solo se desarma cuando el otro habla.

Al final no perdí a nadie: perdí la historia que escribí sobre los dos. Se cayó como la lluvia sobre un vidrio, y ahí la vi.

Enamorarse es imaginar. Amar es ver.

Los días siguientes

La persiana

Es la única del disco que no escribí desde el recuerdo.

Son tres momentos. La última vez que la acompañé con la mirada hasta que entró. El espejo del baño unas mañanas después, con dos cepillos abajo. Y una persiana levantada en una calle por la que paso.

Ella no aparece en ninguna de las tres. Está del otro lado y no se la ve.

Dura dos minutos y treinta y cinco segundos. Las demás promedian cuatro y veinte. No tiene estribillo porque no vuelve a ningún lado: avanza y se termina.

Es la última del disco y no podía ir en otro lugar.

© Octubre 2026, Alberto J. Yualé

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